Cinco pueblos malagueños para disfrutar del invierno

Almendros en flor, contrastes entre el verdor de la vegetación y las rocas calizas o tradiciones gastronómicas. Éstas son algunas de las excusas para disfrutar del invierno en la provincia de Málaga. Son muchos los pueblos que son recomendables por ésos o por otros motivos. Cada uno de ellos tiene virtudes que lo hacen propicios para hacer una escapada de un fin de semana o incluso más tiempo hasta el próximo mes de marzo, cuando el invierno pase el testigo a la primavera.

Almogía. En la primera mitad del invierno, es una buena opción hacer una escapada en este pueblo que está situado en las estribaciones de los Montes de Málaga, pero que está oficialmente en la comarca del Valle del Guadalhorce. La Torre de la Vela -único vestigio de su castillo árabe que hoy está en pie-, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción o sus ermitas son algunas de las visitas obligadas en el casco urbano. Pero, si por algo es recomendable visitarlo en enero y en febrero es por la floración de los almendros, muy abundantes en su entorno. Hay  varias rutas de senderismo que permiten disfrutar de los colores blanco y rosa de este árbol. Entre ellas, destacan la de Charamuza-Lo Bernabé y la subida al monte Santi Petri, donde hace siglos también hubo una fortaleza.

Benadalid. En el Valle del Genal, esta localidad serrana es un buen refugio para disfrutar de uno de los vergeles de la provincia. Situado junto a la carretera paisajística que une a Ronda con Algeciras, en su casco urbano merece la pena dar un largo paseo. En la entrada da la bienvenida el castillo de origen árabe del pueblo, del que se baraja la posibilidad de que tuviera un precedente romano. Desde allí se puede pasear por sus cuidadas calles para descubrir bonitos rincones y leer descripciones del patrimonio inmaterial de la villa, como la leyenda de la Ronda Silvestre. También conviene hacer algunas rutas de senderismo por el entorno para disfrutar de los colores vivos del invierno en la Serranía de Ronda.

Ardales. Lo normal es que en febrero tuviera lugar la Fiesta de la Matanza, pero, en tiempos de pandemia, aún no son idóneos eventos multitudinario como el que cada segundo domingo de ese mes celebraba esta localidad del Valle del Guadalteba. Eso sí, eso no quita para que en invierno se puedan hacer incursiones gastronómicas para hacer acopio de embutidos y carnes de cerdo de calidad, como los que aguardan en El Cuartel o en Estrella, dos de las empresas señeras de la villa. A ello hay que unir las famosas galletas de almendra, el aceite de oliva virgen extra de Bravoliva o incluso las cervezas artesanas del Gaitanejo. Además de gastronomía, no hay que olvidar que este pueblo tiene un gran patrimonio histórico, con verdaderas joyas como son la Cueva de Ardales, los restos de la ciudad de Bobastro, el Caminito del Rey, los castillos del Turón y de la Peña o el puente de La Molina, entre otros.

Monda. En la Sierra de las Nieves, este pueblo es también un buen sitio para perderse, en el mejor sentido de la palabra, en pleno invierno. A un paso de las fértiles tierras del Valle del Guadalhorce y a otro de las playas de Marbella, esta localidad disfruta de una ubicación codiciada a lo largo de los siglos por los distintos pobladores que ha tenido la zona, desde la Prehistoria hasta nuestros días. No es para menos, ya que, además de estar en una zona relativamente montañosa, sus campos llevan siglos dedicados al olivo y al almendro. Tampoco faltan zonas forestales con interés paisajístico, como los pinares que se divisan en su sierra. Otro elemento importante del paisaje es el agua, gracias a la riqueza hídrica de las sierra que rodean al pueblo. Así, además de las distintas fuentes de la villa, por su término municipal pasan importantes arroyos, como el Alpujata o el Alcazarín, que suelen llevar un caudal importante entre el otoño y la primavera.

Alfarnatejo. Cualquiera de los caminos que conduce hasta este pequeño pueblo de la Alta Axarquía muestra un paisaje de grandes roquedales calizos, con cavidades y escondrijos ocasionales para algunos de los bandoleros que merodeaban en este enclave tan bello como escarpado. Buena parte de su camino se realiza a una altura considerable sobre el nivel del mar. Tan sólo el casco urbano se encuentra en torno a los 900 metros de altura. El conjunto de tajos calizos el verdor de la vegetación durante buena parte del año y las sinuosas carreteras de este territorio lo hacen merecedor de su apelativo turístico más famoso: Los Pirineos del Sur. Entre los enclaves más destacados sobresale muy especialmente el Cortijo Pulgarín. Allí en un alojamiento rural que lleva la misma denominación se puede ver un verdadero museo etnográfico, con enseres y utensilios agrícolas y una muy bien conservada piedra de molino. En el pueblo el edificio más destacado es la iglesia del Santo Cristo de la Cabrilla, levantada en el siglo XVIII.