Faraján: el pueblo que cautivó a Hemingway

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Un paisaje tiene que contar con muchos atributos o peculiaridades como para sorprender a un escritor con tantos viajes y experiencias como Ernest Hemingway, uno de los novelistas más importantes de la literatura del siglo XX.  Famosa era su devoción por Ronda, a la que hizo un hueco en una de sus obras más célebres, ‘Por quien doblan las campanas’. También fue conocida su admiración hacia el torero Antonio Ordóñez, con el que entabló una gran amistad. 

Sin embargo, uno de los momentos que hechizó al escritor estadounidense tuvo lugar en una de sus incursiones por el Alto Genal. Hemingway descubrió después de un sinuoso recorrido por esta zona de la Serranía a uno de los pueblos más apacibles de la comarca. En aquel momento, lo definió como «un cisne blanco nadando en un estanque de esperanza». 

Con estas palabras, el que fuera Premio Nobel de Literatura quiso reflejar en pocas palabras lo que le transmitía aquel conjunto de casas impolutas que se asientan sobre la colina de Don Fabrique y que se encuentran rodeadas por el verdor de castaños, alcornoques y encinas, especialmente al final del invierno o en primavera. 

Antes de la llegada del escritor norteamericano, este enclave ya podía presumir de ser uno de los parajes más encantadores del sur de España. No en vano, fueron los árabes quienes le otorgaron una denominación tan descriptiva, como ‘lugar de los deleites’, que ha derivado en el actual término castellanizado de Faraján -hay también algunos historiadores que prefieren decir que el término alude a la tribu que fundó el pueblo-. Con poco más de doscientos habitantes, esta villa disfruta hoy día de la tranquilidad que le otorga su entorno montañoso, que muchas décadas después de la visita de Hemingway parece ser imperturbable. 

La masa arbórea que abraza al pueblo tiene mucho que ver en ello. Dentro de su territorio, situado prácticamente en la sierra del Oreganal, el principal atractivo está en sus rincones naturales. El más importante de ellos es el de las huertas de Balastar, situado en la zona baja del municipio y a la que se puede acceder a pie desde una de las calles del pueblo, a través de un bonito y empinado sendero. Aunque no existe ningún vestigio arqueológico de importancia, los historiadores de la Serranía de Ronda coinciden en señalar esta zona de bancales como un antiguo poblado árabe que recibiría precisamente el nombre de Balastar. 

Antiguo sistema de regadío

En esta zona, los propietarios de las pequeñas parcelas mantienen aún un antiguo sistema de regadío que aprovecha el caudal del arroyo del mismo nombre, que recorre estas huertas antes de llevar sus aguas hasta el Genal. En su curso, este riachuelo se encuentra con un territorio escarpado, que salva con dos impresionantes chorreras o cascadas, que dan lugar a una estampa de gran belleza. Gracias a la riqueza acuífera de estas sierras, durante cualquier época del año se puede disfrutar de estas espectaculares cataratas, si bien merece la pena acercarse en estos primeros días de la primavera. Además, merece la pena contemplar la gran variedad de hortalizas y frutales que se dan en lo que fue la antigua aldea de Balastar. 

Otro de los enclaves ecológicos de Faraján es la sierra de El Romeral, donde se pueden realizar algunas rutas senderistas que permiten conocer un extenso pinar, rodeado por alcornoques, castaños y encinas, donde se crían en semilibertad cerdos puro ibéricos, que se alimentan, además de bellotas, de castañas. 

El principal edificio es la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, que originalmente se levantó durante el siglo XVI, aunque las posteriores remodelaciones impiden que se perciban rasgos arquitectónicos de aquella etapa. En la historia del pueblo, destacan momentos épicos como la tenaz resistencia ofrecida por los vecinos durante la invasión francesa, lo que le supuso el reconocimiento real. La localidad, incluida dentro de la ruta turística de Fray Leopoldo, también participa de la ribera del Genal, el principal río de la comarca. De hecho, desde el pueblo hay un camino que conduce hasta su cauce, donde hasta hace pocos años había una confortable zona de acampada