Yuntas de ganado, una tradición con arraigo

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El pequeño José Miguel Molina, con apenas seis años, ha desarrollado ya ese sentimiento tan especial que tiene su padre en relación a los bueyes, los toros y las vacas. Este considera como parte de la familia a Terciopelo, Mayorao, Coronel, Iró y Montenegro. “Son parte de la familia, animales de compañía para nosotros”, explica a Agro el que es ya el segundo José Miguel Molina de Almayate, el que es probablemente el núcleo urbano con mayor tradición de yunta de ganado de toda la provincia.

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Este, como le sucede ahora a su hijo, lleva conviviendo con la ganadería toda la vida. Desde que era apenas un crío ayudaba con su hermano a sus progenitores y fue en la más tierna infancia cuando comenzó a soñar con la idea de participar en el concurso nacional de arrastre con ganado. Décadas después ha conseguido alzarse con el primer premio del certamen nacional, celebrado en octubre en Ginés, e internacional, que tuvo lugar el pasado mes de abril en Villamanrique.

Las competiciones son parte de la cara más amable y optimista en relación a este segmento de la ganadería, junto con las romerías. Tanto Jose Miguel como su tío, Antonio, y hasta 14 o 15 personas que siguen teniendo cabezas de ganado en la comarca, suelen acudir a fiestas locales con sus yuntas, poniendo parte de la nota más tradicional a estas procesiones y encuentros. Torre del Mar, Vélez-Málaga, Torremolinos, Marbella… y Almayate. Esta es la más importante en lo que a uso de bueyes se refiere. Es aquí donde tiene lugar además el Día de la Yunta y su Gañán para reconocer la importancia que tiene la supervivencia de lo que en otros tiempos fuera el “motor de la maquinaria agrícola”, recuerda con nostalgia Antonio Molina.

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Atrás ha quedado el trabajo que se desarrollaba especialmente en el campo pero también prestando servicio a otros sectores e industria. “Acarreábamos desde aceitunas al material para construir las casas, la leña para las panaderías y otras muchas cosas más”, dice Antonio. Esta época a la que hace referencia Molina dista mucho de la realidad que se encuentra su sobrino y el hijo de este. “Hemos pasado de tener un ganado que nos daba de comer, como fue el caso de mi familia, a tener que darle nosotros de comer a los animales”, comenta.

Tanto es así que en estos momentos quienes siguen teniendo cabaña de bueyes lo tiene a modo (casi) de afición, de hobby. Suelen tener un quehacer diario que dista del que otrora fuera. “Yo ejerzo como encargado de mantenimiento de la Comunidad de Regantes de Almayate. Cuando termina la jornada laboral voy a casa, meriendo y salgo dos o tres horas diarias a cuidar de las bestias”, señala Jose Miguel.

Como él el resto de amantes de los animales –“hay que serlo para dedicarle tiempo a algo que ya no es rentable, sino que más bien cuesta el dinero”, resalta Antonio– que se lamentan por la falta de ayudas de la Junta para mantener esta tradición. Si existiera algún tipo de incentivo, en opinión de Antonio, probablemente se conseguiría hacer más atractiva estas labores de cara a la juventud. El relevo generacional parece complicado, salvo casos como el de Jose Miguel Molina Junior, que lleva viendo lo gratificante de esta actividad desde que era un bebé.

A día de hoy pastan en la zona no más de 500 reses y la tendencia señala que está irá disminuyendo con los años. Antonio Molina advierte que estas vacas y toros, los bueyes, están “en serio peligro de extinción” si no se hace nada para evitarlo.